
Sus ojos intercambiaron chispeantes miradas. Tan grande era el odio mutuo, que ni una ni otra pudo coordinar su cuerpo para un ataque. Sólo jadeaban intentando controlar sus tensas respiraciones mientras giraban y giraban juntas.

Con sus pechos muy juntos, cada una sentía que sus orbes eran más grandes, más firmes, más sensuales y, ciertamente, los mejores.
